Acaba de terminar el World Urban Forum IIIaquí en Vancouver, y las conversaciones y actividades han sido tanto
intensas y apasionantes, como también relativamente desapercibidas en
el escenario internacional.
Definitivamente, la conversación sigue
ocurriendo en circuitos más bien cerrados donde la constante es una
permanente disociación con el individuo común, ó sea todos aquellos que
vivimos inmersos en la cuidad, adaptando inconcientemente nuestro
habitar a las constantes patologías urbanas.
Para mí lo más destacable del evento no fué tanto la fuente inagotable de conocimiento proveniente de innumerables
ONGs internacionales, organismos de gobierno, y líderes en el campo de
la sustentabilidad mundial, como lo fué la aún más inagotable fuente de
aprendizaje proveniente de los países más azotados por la miseria
urbana y la injusticia social: los así llamados países en desarrollo (ó
definitivamente subdesarrollados).
En éste contexto, Latinoamérica tuvo un representante que saco aplausos de pié: el ex-alcalde de Bogotá, ENRIQUE PEÑALOSA.
discurso fue un claro golpe sobre la mesa llamando a la sofisiticada
audiencia a repensar el concepto de sustentabilidad urbana. En sus
palabras, la palabra sustentabilidad debiera ser explícita en cuanto a
los valores de justicia social y equidad en el acceso a los beneficios
y garantías urbanas. En los países con menos recursos, cuando el rico toma un
descanso, toma el auto y se va a la playa, ó se va de viaje, ó en el
peor de los casos, disfruta de su jardín. Los pobres salen a la calle.
Es todo lo que tienen.
Así. el espacio urbano común se transforma en la única fuente de bienestar social
directamente accesible por los que tienen menos, y la ciudad (y sus
autoridades) tiene el deber moral de atender esa necesidad. La ciudad
debiera ser capaz de no hacer distincion de usuarios, de garantizar el
acceso a los beneficios urbanos y proteger la salud de sus habitantes.
Todos sin exclusión.
Cuando
una ciudad (y sus autoridades) planean y ejecutan planes mayúsculos de
infraestructura en favor del automóvil y el transporte privado, se le
está diciendo a la gente en su cara, que no todos tienen los mismos
derechos. Cuando una ciudad carece de parques e infraestructura PUBLICA
de recreación, está sugiriendo que los más pobres no necesitan descanso.
Para
Peñaloza, su trabajo exhaustivo para crear una Bogotá Sustentable, no
era tanto un desafío medioambiental, sino que social y ético. "Cuando
construyo una ciclovía, le estoy diciendo al ciclista, tu tienes los
mismos derechos que el automovilista" y esa es una obligación moral (y
contractual) de cualquier gerente urbano.
El
golpe a la mesa fue claro: dejemos el lenguaje técnico de lado por un
momento, y atendamos los problemas reales y derechos de los habitantes
de la ciudad.
Pretender "salvar" el medioambiente conlleva la misma línea de
pensamiento que creó el problema en el primer lugar: nosotros lo
destruímos, nosotros lo arreglamos. Nada más lejos de la realidad.